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miércoles, 1 de junio de 2011

"NADA DERROTA A LA MUERTE COMO LO HACE LA PALABRA ESCRITA...

“Nada derrota a la muerte como lo hace la palabra escrita… ¿Es por eso que la escritura estaba prohibida para las mujeres y los esclavos?”
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En Periodismo Humano estrenan la serie "Mujeres tejiendo la paz", y publicarán semanalmente un perfil de mujeres que han dedicado o siguen dedicando su vida a luchar por un mundo más justo.

TODO UN EJEMPLO dificil de seguir, pero ahí están...cuantas más dificultades tienen, mas actuan.

http://periodismohumano.com/mujer/nawal-el-saadawi.html










Nawal El Saadawi


 Estrenamos la serie "Mujeres tejiendo la paz", por la que publicaremos semanalmente un perfil de mujeres que han dedicado o siguen dedicando su vida a luchar por un mundo más justo.


La egipcia Nawal El Saadawi es un referente en la lucha por la libertad de las mujeres y la democratización y la justicia social en el mundo árabe.


Ahora, tras la caída del régimen de Mubarak, también en la construcción del nuevo Egipto


30.05.2011 · Mujeres tejiendo la paz · Rosa Salgado

Nawal El Saadawi (Diseño: La Trastienda)


“Nada derrota a la muerte como lo hace la palabra escrita… ¿Es por eso que la escritura estaba prohibida para las mujeres y los esclavos?”






Se graduó como Doctora en Medicina en 1954. En 1957 fue nombrada Directora General de Sanidad hasta que en el año 1972 fue cesada por la publicación de su primer libro Mujeres y sexualidad, en el que narra el trato humillante que sufren las mujeres en el mundo árabe. Ha trabajado en Naciones Unidas y ha recibido el XV Premio Internacional Cataluña 2003 por su lucha a favor de la libertad de las mujeres en el mundo árabe y por la democratización y justicia social de la sociedad musulmana. Se exilió en el año 1993 a Estados Unidos, donde dio clases en la Universidad de Duke y Seattle. Actualmente vive en Egipto.






A Nawal el Saadawi nos la podemos imaginar con siete años paseando por la orilla del río Nilo, al que en su aldea, Al- Kfr, llaman Al-Bahr, que significa el mar. En ese paseo piensa en su entorno familiar: en la vida de sus tías, de sus primas, de su abuela, de su madre, casadas siendo niñas, rezando a Alá para traer hijos y no hijas al mundo, tal y como la tradición manda. Las niñas no pueden cambiar el destino, sólo sirven para trabajar y deben aspirar al matrimonio sin rebelarse contra Dios, aceptar todo lo que venga de la conveniencia familiar e imponerse a sí mismas el silencio en presencia de un hombre.


Se enfurece porque un chico vale lo que quince chicas. El padre es el único que da nombre a los hijos y la mujer cuando muere lo único que se lleva a la tumba es la soledad, la misma con la que ha vivido. En su imaginación se alimenta la idea de que el matrimonio no es un fin ineludible. Sus pretendientes y los sucesivos posibles novios a los que fue presentada se dieron cuenta de que “amaba más el tacto de la pluma que el del cucharón o el del mango de la escoba, y desaparecían como un soplo de brisa en la noche”. Y al mismo tiempo se preguntaba por qué las mujeres de su casa eran cómplices y víctimas de ese fracaso compartido por todas. A lo largo de toda su existencia, escribir ha sido la vida, las respuestas y la búsqueda de la razón, de lo verdadero y lo falso y una mirada comprometida de lo real, sin salidas engañosas: “Escribir ha sido la antítesis de la muerte y, paradójicamente, la razón por la cual en junio de 1992 me pusieron en una lista de muerte”.






Y no es imaginable otro modo de enfrentarse al silencio, a la marginalidad y a la profunda herida que deja en el cuerpo y en lo más hondo del ser humano la experiencia de que un día otras mujeres conocidas cercanas a la familia busquen a la niña de seis años, Nawal, y con una cuchilla le corten el clítoris. Es una herida que nunca se cura y que permanece abierta siempre. Sólo salvar a otras mujeres de ese atroz sacrificio actúa como bálsamo. Su madre no pudo defenderla de la ablación pero Nawal protegió a su hija y a muchas niñas a través de su denuncia. Se trata de un recuerdo imborrable para todas aquellas que han sido circuncidadas en cualquier parte del planeta. Pero a pesar del horror y de las medidas contra la mutilación genital femenina, en el mundo hay más de tres millones de niñas en 28 países de África y algunas regiones de Asia que siguen sufriendo esta brutal violencia.



Nawal el Sadawi se reconoce a sí misma en la tierra de los faraones pero, después de aquellas reinas majestuosas, las mujeres de Egipto no están en la Historia porque no se les ha permitido escribirla. Una generación tras otra la narración de su existencia ha sido oral y ha pasado de abuelas a madres después a hijas y así sucesivamente. Estudió con brillantes notas y con un gran sacrificio personal y familiar. Los ingresos de su padre eran escasos y siempre estuvo a punto de acabar en los fogones con su madre, pero ella fue su principal aliada. Nunca necesitó su ayuda en la cocina. Nawal se salvó.


Después de graduarse en el año 1954 como doctora en Medicina pasó por distintos hospitales, ocupó cargos de responsabilidad, llegó a ser directora general de Sanidad desde 1958 hasta 1972, cargo del que fue destituida por la publicación del libro Mujeres y sexualidad y nunca dejó de pensar que lo que más deseaba en este mundo era cambiarlo y que la mejor herramienta con la que ella contaba era la pluma y no el escalpelo. Escribir ha sido una autopista para despegar, para eludir posibles matrimonios, para luchar contra la discriminación de las mujeres, para respirar en los días, tantos y durante tanto tiempo, de persecuciones políticas sin respiro, para consolarse en el exilio, lejos de Egipto, en Estados Unidos, para volver a construir lo que destruían y para resistir frente a los fundamentalistas que la condenaban a muerte.


Los principios de igualdad y libertad han permanecido junto a ella a lo largo de toda su vida como médica y como escritora. Por su oposición pública a cualquier forma de discriminación por clase, género, nacionalidad, raza o religión, estuvo en la cárcel de mujeres de Al-Kanatir en 1981, durante la presidencia de Sadat. “Los visitantes del alba”, aquellos hombres silenciosos, bien vestidos, con guantes, gafas oscuras que aparecían poco antes del amanecer, la tuvieron vigilada, prisionera en su propia casa durante más de un año hasta que en 1993 tuvo que exiliarse.



Nawal El Saadawi (AP)


En la lista negra de la que formaba parte junto a otros intelectuales egipcios la acusación contra ella siempre era la misma: “incitar a las mujeres a rebelarse contra las divinas leyes del Islam”, una frase que se repetía aunque hubiera cambios de Gobierno. Un enemigo invisible pero peligroso, paralizante. El presidente egipcio Hosni Mubarak ordenó en 1991 cerrar la Asociación de Solidaridad con las Mujeres Árabes que había creado Nawal en 1982. Esta mujer se ha enfrentado a la ignorancia, a la pobreza y a la enfermedad y por ello todos los Gobiernos egipcios la han perseguido.


La mujer que ha dado a conocer la humillación y la violencia en la que viven millones de mujeres en los países árabes soñaba con pianos cuando era niña. No le gustaban ni los secretos ni los susurros, le parecían “repugnantes y sospechosos”. Sus libros, sus artículos han sido un acto de subversión en voz alta y clara, frente a los que ejercen la injusticia en nombre de la moral, la religión y los valores sociales




miércoles, 29 de diciembre de 2010

Una buena historia que encontré, escrita por Roberto R.Bravo

A veces nos bajamos del tren del amor, a veces del olvido y ...más allá...donde las vias estan muertas, alli es donde vamos todos... bajándonos de ese tren y sabiendo a ciencia cierta que ese tren, ha llegado a su destino.
***
LA COMPARTO Y... nos veremos en algún tren.


  EL T R E N

ROBERTO R. BRAVO 

―Este tren es peculiar. Las estaciones se llaman ayer, hoy, mañana… Sabemos que vamos a llegar, pero nadie conoce su destino. En casi todas las estaciones baja o sube alguien. Los que entran son siempre desconocidos, y algunos de los que salen son, a veces, quienes menos se espera. A menudo, ellos mismos no saben que se bajarán hasta que llega la estación que es la suya.
―¿Y cómo saben que es la suya?
―No lo saben, salvo pocas excepciones, hasta que llegan. Entonces, muchas veces sin quererlo, se bajan.
―¿Los obligan?
―Nadie ve que los obliguen. Pero se bajan. Es así. Quizá lo saben internamente. Es posible que se enteren en el último momento. La mayoría bajan resignados, otros satisfechos. Y algunos pocos porque deciden bajar. A estos últimos, a menudo, se les ve decepcionados.
―¿De qué?
―Del tren. No parece haberles gustado. En general, como usted ve, no hay mucho que pueda gustarle o disgustarle a uno, especialmente, salvo quizás los paisajes que se ven por las ventanas, la compañía que encuentren ―durante el tiempo que dure el viaje, por supuesto― y, claro está, el vagón. Hay quienes se conforman con el primer asiento que encuentran, y quienes prueban todos los que pueden, hasta encontrar uno que les gusta. A veces no están muy seguros de que el asiento en el que finalmente se quedan sea el que más les haya gustado, ni siquiera el vagón. Pero al final se quedan en alguno, quizás porque no encuentran otra cosa que hacer, o por cansancio. Los hay también quienes se pasan todo el viaje entre un vagón y otro, buscando algún asiento que les satisfaga.
―¿Y siempre encuentran asiento?
―Oh, no siempre. Hay vagones repletos de gente, y otros casi vacíos. Algunos viajeros finalmente se quedan de pie en un vagón donde no encuentran asiento, cuando podrían ir sentados en el vagón contiguo.
―¿Pero saben que hay asientos disponibles en otros vagones?
―A veces lo saben, a veces no. A veces se encuentran con otro pasajero que se lo indica, quizás porque viene de allí o porque se lo dijo algún otro. Eso motiva a algunos a cambiarse, pero a otros no.
―¿Porque no los creen?
―A veces por eso, y otras porque piensan que no vale la pena buscar más. ¿Sabe? Yo llevo bastante tiempo en el tren, y me he encontrado con toda clase de gente. Hay algunos que hasta tienen miedo de explorar a su alrededor, y se pasan todo su viaje en un solo vagón, apocados, sin intentar siquiera ver los otros. También hay quienes viajan de pie en vagones prácticamente vacíos, o se sientan en el suelo, a veces en grupos, a veces solos. Y hay quienes transcurren su viaje sin hacer nada, sólo mirando el paisaje. Le darán mil razones diversas por las que hacen esas cosas.
―¿Usted ha pasado por los otros vagones?
―Por muchos de ellos, sí, pero no por todos. Es casi imposible. No conozco nadie que haya recorrido todos los vagones del tren. Su número es muy grande. Algunos dicen que infinito.
―¿Infinito?
―Seguramente no es cierto. Pero como nuestro viaje es limitado, cualquier cosa que supere nuestros límites en una magnitud que no podemos medir nos parece infinita. Claro que también podría ser realmente infinito, aunque en realidad no puedo imaginármelo… O quizás tengan un procedimiento para añadirle o cambiarle vagones en marcha. A veces llego a un vagón por el que me parece que no he pasado antes, y eso que he recorrido bastantes, créame… Pero podría ser también que me falle la memoria.
―¿Cuánto tiempo lleva usted en el tren?
―Mucho tiempo ya. He visto subir y bajar a muchos pasajeros.
―Quizás pueda responderme esto, entonces: ¿sabe usted adónde va el tren? No he encontrado nadie que me diera una respuesta aceptable a esta pregunta. He oído respuestas contradictorias, o increíbles.
―Me parece que es porque nadie lo sabe. He llegado a pensar que, en realidad, no importa. De hecho, el tren deja a distintas personas en distintos lugares. Para quien baje en la próxima parada, por ejemplo, ¿qué importancia tiene que el tren siga o no su camino?
―¿Y quién decide quién se baja dónde? Si, al parecer, nadie sabe su destino…
―Ah, ése es otro enigma. Hay quienes dicen que es el azar. Otros creen que hay un maquinista que les comunica su decisión, quién sabe cómo, o que secretamente dispone su bajada del tren sin que ellos lo sepan, como ya le dije, hasta el último minuto.
―¿Pero entonces llegan a saberlo, realmente?
―¿Cómo quiere que se lo diga? Yo no me he bajado todavía… Aunque sé que en alguna estación tendré que hacerlo.
―¿Está seguro? Puede que lleguemos al final.
―¿Cuál es el final? Recuerde que el tren podría ser infinito, y puede que el viaje también. O circular, que es otra forma de infinitud.
―En ese caso, las estaciones se repetirían. ¿No ha visto repetirse ninguna?…
―Así como el tren es muy largo, puede que el recorrido lo sea también. La verdad es que no he visto repetirse ninguna estación…, aunque todas se parecen. Pero su nombre es distinto.
―¿Y si les cambian los nombres?
―Mire, podría ser. Para lo poco que sabemos, cualquier cosa es posible… Nunca había pensado en esa posibilidad. Pero, ¿qué objeto tendría?
―Ni idea. A lo mejor engañarnos con la apariencia de un viaje infinito que en realidad no lo es. Hasta puede que todas las estaciones sean la misma, y que al final todos lleguemos al mismo destino.
―…Como puede ser que no. Todo lo que rodea al tren es un misterio… Veo que le interesan estas cosas. En el largo tiempo que llevo aquí, he encontrado pocas personas interesadas en discurrir sobre estos temas.
―A mí, en cambio, me parece que es una preocupación común. Lo que pasa es que la gente no habla mucho de ello. Lo piensan a ratos, y después se dedican a otros asuntos.
―Es cierto. Por lo general, están más ocupados en mirar el interior de su equipaje.
―Es que no saben lo que llevan. Yo he mirado el mío, y casi todo lo que tengo es curiosidad. ¿Qué tiene usted, si me permite preguntárselo?
―Oh, no me molesta. Al principio encontré muchas cosas en mi equipaje, como casi todo el mundo. Lo sé por los pocos viajeros que me han permitido echar un vistazo al suyo (ya sabe que la gente es recelosa con su equipaje): curiosidad ―como usted―, proyectos, ilusiones, intereses, gustos y disgustos, que varían mucho de un viajero a otro… y también miedos, dudas…, en dosis muy diversas… Mucho después descubren que llevan otras cosas, igualmente buenas y malas: alegrías, tristezas…, éstas en cantidades parecidas. Y, a veces, éxitos. Muchos fracasos. Decepciones, ánimos, abatimiento, tenacidad… Deseo ―algunos dicen necesidad, otros, menos, capacidad― de amar, y de ser amados. Algunos nombran algo llamado felicidad. El problema es que cada viajero aplica esos nombres a cosas muy distintas, y gran parte del viaje lo pasan tratando de ponerse de acuerdo. En el proceso intercambian cosas. Y si llegan a coincidir en más de una, a veces hacen algo juntos: comparten proyectos, ilusiones…, por el tiempo que dure, por supuesto. En mi caso, he tenido mucho tiempo para revisar el contenido de mi equipaje ―ya sabe que el tamaño a veces oculta la importancia―, y creo que lo he visto casi todo, aunque quizás todavía me aguarde alguna sorpresa en algún bolsillo escondido o un compartimiento interior. Como sea, a lo largo del viaje me he ido deshaciendo de cosas que sólo añaden peso. Puedo asegurarle que, en este momento, una de las cosas que más valoro es la conversación.
―Yo, en cambio, como le digo… Curiosidad es casi lo único que tengo.
―Eso es porque todavía lleva poco tiempo en el tren. Ya verá que tiene en su equipaje muchas más cosas de las que cree. Aunque opino que ha encontrado algo importante.
―Bueno, algunas otras cosas hay, sí… Pero, de momento, mi curiosidad es inagotable.
―Quizás lo sea, o puede que simplemente le dure todo el viaje. ¡Quién sabe!
―Por cierto, eso que acaba de decir de los viajeros que emprenden proyectos, juntos o por separado, me parece una locura. Cualquiera que se plantee un proyecto razonable debe empezar por inventariar los recursos de que dispone. Y si no cuenta con el tiempo suficiente parece una tontería iniciarlo.
―Sin embargo, aquí es lo único que se puede hacer. No sé si tenga sentido guardar las cosas que nos gustaría hacer para cuando abandonemos el tren. Para empezar, no sabemos si volveremos a encontrarnos en una misma estación, como sugería usted hace rato. Ni siquiera si las cosas seguirán siendo iguales después del viaje. No sabemos si podemos fiarnos del paisaje que vemos pasar por la ventana. Ya sabe que algunas cosas no son lo que parecen. El exterior es inaccesible. Nadie que ha salido del tren ha regresado. No que sepamos.
―¿Le parece que tiene sentido que actuemos como si el viaje fuera a durar para siempre?
―¿No es lo que hacen todos los pasajeros? Su viaje es lo único que tienen. Ninguna certeza, ninguna garantía. Muchos empiezan a hacer cosas que no llegan a terminar, involucrando a veces a otros viajeros, y cuando se van dejan miles de compromisos pendientes, promesas incumplidas… A veces otros las completan, a veces no. Su partida inesperada suele ser causa del dolor de otros, de ilusiones rotas, de viajes que ya no parecen tener sentido para los que se quedan en el tren. No es su culpa, claro… Otros, en cambio, tienen tiempo de hacer muchas cosas pero, por una u otra razón, no las hacen. Y hay quienes llegan a culminar proyectos ambiciosos, como si hubieran adivinado el tiempo de que disponían…, o quizás simplemente tuvieron suerte.
―¿Suerte…? Supongo que sí, aunque no sé si les serviría de algo. He visto bajar a muchos pasajeros, y ninguno se lleva nada salvo su equipaje. A menudo aún menos, porque mucho de su contenido lo han vaciado en el tren. Quizás se lleven lo intercambiado con otros, el recuerdo de su experiencia… Pero seguro que sus realizaciones, culminadas o no…, se quedan en el tren. Puede que esas cosas les sirvan, a veces, a los que se quedan…, y puede que incluso a los que vienen después. Pero sólo a veces… Me decía, antes, que algunos viajeros saben cuándo terminará su viaje. Eso debería darles una idea de lo que pueden o no intentar hacer.
―Nunca es seguro. Le repito que tengo ya bastante tiempo en el tren. Sin embargo, le aseguro que he visto a otros pasajeros durar mucho menos que yo. Hay quienes bajan repentinamente, cuando menos se espera. Otras veces, incluso cuando algo parece predecir que su viaje será breve…, a veces un pasajero se levanta y se acerca a la puerta al aproximarse a una estación, y luego no se baja. A veces vuelve a su asiento, o a otro, donde se queda durante muchas estaciones. En cambio, hay pasajeros que suben al tren en una estación y bajan en la siguiente.
―Debe haber una razón para esas cosas.
―No le digo que no. Pero nadie está seguro. Hay quienes piensan que hay una lotería desconocida que reparte los viajes cortos y largos. Otros insisten en que hay un maquinista que secretamente decide. Aunque hay quienes aseguran su existencia, no he conocido a nadie que lo haya visto. En cualquier caso, la peculiaridad de este tren es que nadie está seguro de adónde va y ni aun si va a alguna parte. Para los que niegan la existencia del maquinista, las entradas y salidas de los pasajeros al llegar a una estación son simple cuestión de azar, o de un orden no descifrado. Unos y otros alegan diversas razones, y parece que cualquier cosa podrá siempre ser interpretada según lo que cada quien saque de su equipaje… Lo que usted decida hacer ―o no hacer―, respecto a cómo ocupar el tiempo que le quede, de usted depende.
El tren llegó a una estación, marcada sólo por un adverbio de tiempo, y se abrieron las puertas.


domingo, 7 de noviembre de 2010

PEDRO MAIRAL y sus ODAS A LAS TETAS Y LOS CULOS

SIN PALABRAS... él ya lo dice todo y yo lo he descubierto hoy jajaja

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El autor, hijo de uno de los abogados argentinos de mayor prestigio - Pedro Mairal, había escrito en la revista Brando, en 2006, un texto notable acerca de las Tetas. Tras lo cual la revista Soho, de Bogotá, Colombia, le pidió que escriba sobre el culo.
***


 No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa viva y prodigiosa.
 Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización. Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neaderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en cambio, es lírico, musical, candencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema.
Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas, que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas confrontan, el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balance camino del mar.
 Las argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco, en el último Festival de Cartagena de Indias, para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General.
 De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre sorprende al tacto esa temperatura, el frescor del cachete en el primer encuentro con la mano.
Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre.
Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora,
como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa.
 Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personaltrainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados.
Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un 'tremendo fambeco'. Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, 'El culo de una arquitecta'.
 No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero.
Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores, pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona. Y ojalá se entere también que, cuando me echaron, lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos, respingando el durazno gigante de su culo soñado.

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* Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970.
Cursó la carrera de Letras en la Universidad del Salvador, donde fue profesor adjunto de la cátedra de Literatura Inglesa.  En 1996 publicó el libro de poesía 'Tigre como los pájaros' (Mención Premio Fortabat). En 1998 obtuvo el Premio Clarín de Novela por 'Una noche con  Sabrina Love', que fue llevada al cine y traducida a varios idiomas. En el 2001 publicó el libro de cuentos 'Hoy temprano' y en el 2003, el libro de poesía 'Consumidor final'.  

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Ensayo sobre las tetas


(Publicado en la revista Brando, Buenos Aires, noviembre 2006.)

Ahora que llega el calor y por toda la ciudad afloran las tetas con su vanguardia prometedora de un tiempo blando, vale quizá entregarse a esa curiosidad primaria que generan las tetas en la vida de los hombres. Primero están las tetas paradigmáticas, formativas. Las tetas alarmantes del cine o la TV. Depende la edad de cada uno. Para una generación fueron las tetas de la Loren en Bocaccio 70, o de Anita Ekberg en La Dolce Vita. Para otros habrán sido las tetas de la Cucinotta en Il postino, o las tetas ya más estilizadas y armónicas de Mónica Bellucci en Malena. El cine italiano siempre fue proveedor de grandes tetas mediterráneas.
Las tetas americanas en cambio siempre quedaron en un tercer plano, detrás de las explosiones y los autos chocadores. Estados Unidos no fue ni es un buen proveedor de tetas, a excepción de las tetas de Lynda Carter en La Mujer Maravilla que eran bastante notables, tetas atléticas, altivas, heroicas, increíblemente controladas por ese corset con estrellitas. Wonder Woman provocó en muchos las primeras inquietudes masculinas, el primer desasosiego, esa terrible sensación de falta que nos dejaba temblando ante la tele y el Nestquik, sin entender bien por qué. Pero en general, las tetas yankis suelen ser más silicónicas, como las de Pamela Anderson en Bay watch. O, si son naturales -como en el caso de la morena totémica Tyra Banks- ni tienen gracia ni son sexies. Tyra es tan poco sexy que en su programa invitó a un famoso cirujano plástico para probar, en vivo, que sus tetas son naturales. El cirujano se las palpó y le hizo una mamografía en directo, frente al público invitado. A Tyra, emocionada, se le entrecortó la voz explicando que hacía eso porque estaba harta de que dijeran que sus tetas no eran suyas.
A nivel nacional, todavía la Coca Sarli no ha sido desbancada de su puesto de diva exclusiva del fetichismo mamario, con una filmografía entera dedicada a sus tetas panorámicas, sus tetas como auspiciadas por la oficina nacional de turismo, porque asomaban en todos los lagos, las montañas, las cataratas del país, dándole una categoría geográfica a esas tetas exhibidas a la par de la exhuberancia del paisaje. Sus largas flotaciones en la hidrografía argentina no tienen y quizá no vuelvan a tener un parangón.
Después de las tetas virtuales y mediáticas, aparecen en la vida de uno las tetas reales, quizá todavía no palpables, pero sí visibles. Aquellas tetas que uno vio por primera vez desnudas, en persona, no se olvidan nunca más. Cuando estaba en segundo año del secundario, me llevé a marzo Lengua y literatura y tuve que tomar clases particulares de análisis sintáctico con una profesora que venía a casa. Se llamaba Teresa. Yo tenía quince años y ella no pasaba de los veinticinco. Era diciembre y hacía calor. Teresa venía a casa con unas musculosas sueltas, sin corpiño. Un día, sentados juntos, inclinados frente a las oraciones para analizar, le vi a través del escote las tetas, las puntas de las tetas, los pezones rosados. Sentí una alteración violenta, como si se me frenara toda la sangre de golpe y me empezara a fluir en la dirección opuesta. Ella se dio cuenta y se acomodó la musculosa sin preocuparse demasiado, dejando que volviera a pasar lo mismo varias veces. Tomé más clases, estudié mucho y di un muy buen examen. Nunca me olvidé de las estructuras sintácticas de Teresa. El relámpago clandestino de sus tetas veinteañeras le dio un erotismo a la materia que ningún profesor del colegio lograría infundir jamás.
La mirada de los hombres dobla. Cuando pasa una mujer con lindas tetas la mirada de los hombres se curva, busca, se inmiscuye a través de los pliegues, a través de los escotes o los botones mal cerrados, y adivina, sopesa, sentencia. Las mujeres modelan sus tetas como quieren. La ropa puede levantar las tetas, ocultarlas, ajustarlas, trasparentarlas, sugerirlas, agrandarlas. Es bueno conocer todos esos trucos, no tanto para no dejarse engañar, sino más bien para participar y entregarse al juego. Las tetas de los años cincuentas, por ejemplo, eran cónicas, eran parte de un torso sólido y apuntaban amenazantes; después, en los sesentas, las tetas desaparecieron un poco de escena en el hippismo de las pacifistas anti corpiño; en los ochentas empezó la fiebre de las siliconas; y ahora las tetas son como globos apretados y empujados hacia arriba por el famoso wonder bra. Hay que tener en cuenta que el wonder bra da forma, pero también rigidez. Y es una lástima porque no hay nada como ese temblor hipnótico que va a un ritmo aparte de los pasos de la mujer, como un contrarritmo, una síncopa propia de las tetas naturales en acción.
Las tetas tienen vida propia, eso es sabido; no son como el culo por ejemplo que se mueve dirigido por su dueño. Las tetas parecen difíciles de controlar. En ocasión de cabalgatas, escaleras y trotes para alcanzar el colectivo, pueden incluso ser graciosas, torpes y poco serias. Algunas mujeres sin embargo tienen la habilidad de dirigirlas. Nuestra deslumbrante Carla Conte, por ejemplo, sabe hacer un mínimo taconeo entusiasta, un rebote de afirmación, de plena simpatía, de aquí estoy, que le provoca un temblor hacia arriba que termina en una especie de vibración de trampolín a la altura de sus tetas plenipotenciarias de chica de barrio. Un movimiento que le ganó televidentes y que detiene el zapping. Dentro de los cambios evolutivos, que van del homo sapiens al homo mediáticus, la función más importante de las tetas hoy en día ya no es la reproducción sino la capacidad para aumentar el rating.
Pero volviendo a las tetas reales de este lado de la pantalla, ¿cómo se accede a ellas, cómo se alcanzan y develan? Las mujeres tetonas tienen una habilidad desarrollada durante años para frenar las manos de los hombres-pulpo. El hombre-pulpo es el que no da abasto, el que ya tiene las dos manos agarrando cada cachete del culo y va por más, porque quiere además palpar simultáneamente la abundancia de las tetas y es como si les nacieran dos brazos suplementarios para alcanzar ese fin. Pero las mujeres tetonas tienen mucha destreza, saben interponer el codo y bloquear todo intento de avance. Hay que aprender que si una mujer detiene una mano no hay que insistir, sino intentar más adelante por otro lado, despacio, sin apurarse. Nunca jamás debe intentarse tocarle las tetas a una mujer antes de darle un beso, porque sería un fracaso (hay excepciones, hay abordajes muy acalorados por detrás que vienen con doble estrujamiento de tetas y beso en el cuello, pero no son muy frecuentes entre desconocidos). En general las tetas se exploran durante el beso, en lo más apasionado del beso. Una vez instalados en ese vértigo, se puede subir una mano por la espalda que explore debajo del elástico del broche del corpiño, pero sin desabrochar nada todavía, en una caricia que llegue a la nuca, que disimule un poco pero que a la vez diga ya estoy acá debajo de esta lycra tirante y no me voy a detener. Si la mujer accede tácitamente (porque nunca hay que preguntar ni pedir permiso) entonces ahí sí, se puede intentar desbrochar, desmantelar la delicada ingeniería del corpiño, desactivar esa tensión tan linda, lo elástico, lo tirante de las tetas sujetadas entre diseños de moños y florcitas. Y entonces llega la verdad, sin íntimos trucos textiles, la doble realidad pura y palpable. Entonces aparecen, asoman en estéreo, se despliegan las tetas en todas sus variantes como ejemplos de la biodiversidad. Tetas duras, nuevas, tetas derramadas, pesadas, tetas blandas, inabarcables, tetas sin caída, sin pliegue como cúpulas altas de pezones rosados, tetas apenas sobresalientes pero halladas finalmente por las manos, tetas enormes y llenas, tetas asimétricas, tetas breves pero puntiagudas de pezones duros, tetas lisas de aureolas enormes apenas dibujadas, tetas blancas, morenas, con marcas de bikini, tetas chiquitas y felices, tetas tímidas, esquivas, o desafiantes, orgullosas, guerreras. Todas lindas, dispuestas para el beso, la lengua, el mínimo mordisco, y provocando una sed desesperada cuanto más grandes, una actitud ridícula del hombre que de repente actúa como un cachorro ciego y hambriento y desbocado.
Y sin embargo esa sed no termina de saciarse. Hay algo misterioso en la atracción por las tetas. Porque, ¿qué se busca en las tetas? Las atracciones de la cintura para abajo tienen un objetivo siempre más claro y complementario, que termina consumándose sin demasiado equívoco. Pero en las tetas, ¿qué buscan los adultos? Que todo sea un simulacro de lactancia no cierra bien. Demasiado edípico y cantado eso de buscar repetir ese vínculo nutricio con la madre. ¿Y además las mujeres qué ofrecen cuando ofrecen sus tetas? Dicen que la existencia de las tetas tiene un propósito de atractivo sexual (además de su fin alimentario). Dicen que al estar erguidas las hembras humanas tuvieron que desarrollar una especie de reduplicación del culo en la parte de delante de su cuerpo para atraer a los machos. Ése es el fin que cumplirían esas dos esferas juntas a la altura de las costillas superiores: ser un señuelo similar a un culo llamativo. La explicación parece bastante ridícula y quizá por eso mismo –porque el cuerpo humano es bastante ridículo- sea cierta.
Las tetas son insoslayables. Imanes de los ojos. Las tetas invitan a la zambullida para pasarse un verano entre esos dos hemisferios. Son más fuertes que uno. Hay una fuerza hormonal y animal que supera todo intento represivo y civilizatorio por no mirar, por no quedar como un primate bizco de deseo. Mirar todo el tiempo a los ojos a una mujer con un buen escote es un difícil ejercicio de autocontrol, es casi imposible que los ojos no se nos resbalen a esas curvas, que no caigan y se entreguen con toda la mirada a la gravitación de la redondez de la tierra. Porque hay tetas que son insostenibles, y provocan incredulidad. Uno mira una vez y vuelve a mirar pensando ¿Vi bien?. Y sí, uno vio bien, y esa visión genera una inquietud, una insatisfacción total de la vida, uno quiere entrar en ese mundo blando y suave, uno se siente lejos de esas tetas, desamparado como un soldado en la trinchera.
El anoréxico gusto de la época propone un ideal de mujer flaca pero con grandes tetas, algo raro que se da sólo en casos prodigiosos. Por eso la superabundancia de tetas falsas en los medios, tetas que quedan estrábicas, desorientadas, y a veces un poco ortopédicas. Se exigen mujeres escuálidas que terminan poniéndose siliconas porque sin prótesis presentarían unas tetas apenas protuberantes, tetas de bailarina de ballet; una belleza sutil y sugerida que la tele parece no poder aceptar.
Una regla extraña pero frecuente hace que las tetonas sean chatas de culo, y las culonas sean chatas de arriba. Como si en la repartija hubiera que optar por una u otra opción. La mujer latinoamericana suele ser más dotada de grupas que de globos. La mujer promedio brasilera, por ejemplo, con su mezcla afro-tupí, suele tener unas poderosas pompas brunas y ser bastante chata de tetas. En cambio las mujeres europeas, nórdicas, suelen presentar - como escuché decir una vez en un canal de cable- un volumen mamario importante. Las alemanas teutonas, las suecas, las valquirias escandinavas, son mujeres con toda la vida por delante. Avanzan heroicas con grandes tetas redondas, doradas, divergentes. En Francia se hace más un culto a las tetas que al culo, y sin embargo las francesas -con excepciones normandas que cortan el aliento como la impresionante Laetitia Casta- suelen ser magras, escasas y finas.
Quizá las tetas no sean indispensables, pero dan alegría. Por suerte, las argentinas, gracias al encuentro de las sangres nativas y la inmigración mediterránea, suelen tener medidas armónicas, lo que quiere decir que están bien de todos lados. Y si nos llegara a tocar enamorarnos de una mujer sin tetas, habrá que apechugar, quererla, y echar de vez en cuando unas pispeadas nomás, disimulando. Hay que tener cuidado. Un amigo tuvo un lapsus que precipitó su separación. Su novia, que era muy chata y celosa, se cansó de pescarlo mirando escotes por la calle y le vaticinó: Vos un día me vas a dejar por una tetona. Y él, queriendo arreglarla le contestó: Sin vos estaría perdido, amor, sos mi tabla de salvación.

Pedro Mairal